Magdalena.



Casualmente se llamaba Magdalena, iba con su amiga Luz que era muy parecida a ella físicamente, pero con una personalidad muy contenida. Esa noche viajaban por aquella carretera oscura, la mujer manejaba a toda velocidad buscando un bar que quedaba cerca de una playa, las seguía un carro con dos hombres. Tenían sed, una sed incontenible de años, repleta de recuerdos a punto de estallar y salir de golpe. ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que se sentaron en aquel acantilado?

Luz sabía que Magdalena buscaba siempre la inquietante sensación de estar en la frontera del abismo. ¿Qué extraño placer la arrastraba hacía el peligro? ¿Por qué no aceptar tomar el fresco y conversar en una comoda butaca de su hermosa y citadina terraza ? así lo hubiese hecho ella.

Luz la observaba y recordaba a la chica desamparada que en ese afán de correr riesgos se desnudaba frente a la ventana de su cuarto con vista a una concurrrida calle de La Perla, un barrio marginal de su ciudad, para luego meterse en su cama a llorar de remordimiento.

Ahora Magdalena vivía en el Pent House de uno de los edificios más lujosos de la zona de Condado, usaba perfumes caros, escuchaba Jazz y bebía Martini o Whisky con tónica. Luz sabía que la amiga que la acompañó durante toda su niñez se había convertido en una elegante mujer de excelentes modales y un buen gusto que jamás imaginó en una chica de barrio.

Luz observó que había perdido ese tip nervioso del rostro que delataba sus temores, lucía como una de esas estrellas de cine que tienen el pelo radiante y el rostro de textura tan sedosa que las hace parecer irreales, tanto como una de esas fotos retocadas. Sin embargo lo que aún estaba intacto en ella, era ese extraño sentimiento de desafío que la hacía apretar el acelerador de su carro hasta el punto del delirio. El gesto delator estaba en su pie, pues a pesar de sus caros zapatos, la cadena esclava que la conectaba con su origen, se hallaba allí en la parte más baja de su cuerpo, era como la gata de la fábula de Esopo que quería ser mujer porque se enamoró de un hombre, pero que no resistía la tentación, no podía ignorar a un ratón, tenía que devorarlo. El inquieto pie de la Magdalena delataba sus malos pasos, era su "Talón de Aquiles", siempre había rastros y zapatos que pulir, para no dejarlos en el olvido y recorrer indiscreta los mejores sitios de la ciudad sin ellos, sin perfumes y sin lazos, como aquella niña descalza que jugaba y corría por la calles de su viejo barrio.

Magdalena nunca fue mala, fue impulsiva y caprichosa, pero buena amiga. Recordaba a Luz con gran aprecio y deseaba compartir con ella todo lo que fuera posible, todo menos esa profunda tristeza que la agobíaba desde el día en que cambio su vida y se dio cuenta que todo lo podía comprar, pero que estaba sola sin familia, sólo ella sobrevivió a la pobreza y la violencia de su barrio.

Magdalena era ahora la esposa de un militar de academia, su poderoso marido la había convertido en una "Reina", para ese entonces su amor natural al riesgo desmedido tomó proporciones sobrenaturales, exponerse era su manera de autocastigarse. Desde niña, era tímida y se exhibía desnuda, padecía de vértigo y se paraba al filo del abismo, odíaba a los militares y se casó con uno, retaba a la vida le exigía un ajuste de cuentas a toda velocidad, nada le parecía imposible de sobrepasar, lo necesitaba, pero a la misma vez detestaba el raro designio del destino que la arrastraba a vivir cerca del "poder y el éxito", cerca del peligro.

Al llegar al bar Magdalena pidió su acostumbrado Martini y luego habló sin parar como en un eterno soliloquio, al final pusó un sobre manila en la mesa y le pidió a Luz que no lo abriera por el momento. Casi al punto de cerrar el bar apareció un hombre que vino directo a Magdalena llegó como lo hace un viejo amigo. Luz desde su perspectiva la miraba sin entender, pero no se preocupó demasiado y asumió su habitual actitud contemplativa.

Magdalena bailaba sin pudor, desafiando a los dos hombres que la habían perseguido en la carretera. Magdalena y su amigo salieron a una de las terrazas privadas que daba a la playa y desataron toda su fuerza pasional sin el menor pudor. Luz y un camarero miraban tras el cristal de una inmensa ventana del bar, se veían como perplejos voyeristas ante el derroche y la locura de la pareja que no desistió en su lujuria. Semidesnudos, febriles y enardecidos por el deseo, entraron al mar que los acogió con su marea alta y su oleaje bravo y otoñal, los quejidos de la mujer se escuchaban a través del cristal del bar y los hombres que antes la miraban se levantaron y se acercaron a la arena, uno de ellos hablaba por un celular. Magdalena los miraba a cada rato y más que preocupada en pleno y obvio desafío parecía invitarlos a una suerte de orgía a la que ellos no parecían muy proclives.

El mar se tornaba tempestuoso y la pareja apenas parecía darse cuenta, los dos hombres que los observaban se movían como perros de presa impedidos de alcanzar a su deseada víctima. Luz se sentía entre apenada e invadida por una inmensa tristeza, ¿qué podía hacer ella?... si ni siquiera entendía el lado oscuro que arrastraba a su amiga a semejante provocación, de repente una inmensa ola que cubrió a la Magdalena la hizo salir a la terraza, para su sorpresa y la de todos los allí presentes la mujer saltó convertida en un delfín, se viró en el aire en una bellísima pirueta y recobrando por un instante su aspecto humano, le dijo adiós a su amiga, Luz palideció ¿qué haría ahora sin ella.? Fueron momentos angustiosos todos corrían de un lado a otro.

Uno de los hombres que estaban en la arena se lanzó al mar y sacó al hombre que desmadejado recibió los primeros auxilios a nadie pareció preocuparle Magdalena, como si no existiera. La playa se llenó de luces policias y ambulancias, mientras el hombre que salió del mar se alejaba.

Esa misma noche comenzaron las pesadillas, Luz se veía llamada a declarar en una estación de policía, junto a otros testigos que ella no conocía. La llevaban a un cuarto y la interrogaban, acusándola de haber matado a Magdalena, mientras un militar de alto rango la observaba por un cristal, era un un hombre alto y guapo, de rostro severo y mirada penetrante, el hombre miraba una foto de Magdalena y luego contemplaba el rostro de Luz que eran casi idénticas. El hombre pedía que la ahogaran a ella, un policía que permanecía a su lado con el rostro cubierto, la tomaba por el pelo y le empujaba el rostro a un recipiente con agua. Esa noche la pesadilla se tornó diferente, el militar finalmente decidió alejarse, marchó por un largo pasillo y sólo al final se detuvo un segundo, intento mirar a Luz, pero no pudo y desapareció.


Habían pasado varios años y Luz jamás había podido regresar al lugar de la perdida, vivía tranquila y lo recordaba con una exraña mezcla de dolor y placer, pero ese día el sobre manila de Magdalena amaneció a su lado. Era hora de viajar con ella de nuevo, debía retomar su carretera oscura y llegar hasta la playa, sabía con certeza que ese era el momento correcto, entonces se vistió y retornó al entrañable sitio, al llegar entró al bar y allí estaba el mismo camarero que parecía no reconocerla, se tomó un Martini en honor a Magdalena, luego descubrió al hombre que entró con ella al mar, solitario y pensativo permanecía sentado en la barra miraba por la ventana de cristal, volaba más allá horizonte, mientras lentamente bebía un trago. Luz abrió finalmente el sobre y para su sorpresa el sobre tenía un papel que estaba vacío, ni una letra, ni un adiós, sólo una foto de Magdalena que se mostraba desnuda ante la ventana de su cuarto en La Perla, confirmó una vez más lo parecidas que eran y lo que la extrañaba, allí también estaba la llave del carro que las había llevado aquella larga noche al bar de la playa. Luz lo miraba todo sin mostrar sorpresa alguna. El hombre de la barra que ya había reparado en Luz se levantó y se acercó a ella, la invitó a bailar, la música era suave. Unos hombres muy parecidos a los de aquella noche los miraban desde afuera, hasta que terminaron de bailar. Ya muy tarde y casi a punto de cerrar el bar se levantaron, el carro de Magdalena los esperaba, la pareja partió con rumbo desconocido, a un lugar del otro lado de la playa, adonde nadie los siguió esa noche, pudo haber sido su destino. Dicen que dice la leyenda que Magadalena salió de entre las olas y los miró con placer y con cierta nostalgia.

Todos los años en la misma época otoñal Luz y el hombre, visitaban el bar de la playa y al final de la noche permanecían un largo rato frente al mar para luego los dos juntos desnudarse y meterse a las oscuras aguas y disfrutar con las caricias y los golpes de sus olas. Para esa época ya todos sabían y aceptaban que La Luz y La Magdalena habían sido siempre como las dos caras de una misma moneda.

"Corren tus ansias bajan por tu saya negra, vuela tu mente riegas tus rizos en un grito de placer y de añoranza, vuelcas tu sangre, tu amor y tu esperenza.

Abres tu blusa en la noche de jazmines, bebes su vino y su piel se interpone en el camino, miras a tu lado y los brazos de tu amado son de luchas, de vueltas en el tiempo, son hermosos, son fuertes, son de rondas, son de amor y desamor, te cercan,  te arrastran, te enloquecen, abres tu blusa subes tu saya la muerdes, la tiras, te mueres en tu nido.

Recorres con tus manos su garganta, sus vuelos, los tuyos y te lanzas, vuelcas tu ira y la desatas en dolor en grito y regocijo."

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