De mi prima Rirri para mi tío.

Foto: Pepe Murrieta. Pedro Valdés Piña, Julio Cesar Ramírez, Humberto Arenal, Martha Díaz Farré (Rirrri) y Beatriz.

27 de agosto de 2011

Querido Humberto:

Ahora recuerdo el día que te conocí, yo tenía 7 años, mi mamá me llevó a tu casa de Zapata, al frente se veía el cementerio, te pregunté- ¿esta es tu casa? Y contestaste –Sí, y allí enfrente tengo la otra. Lo dijiste sonriendo y me di cuenta que eras alguien que hacía bromas sutiles. Conocí a tu hija Patty y salíamos juntos a pasear, entonces la gente pensaba que yo era hija tuya y Patty hija de mi mamá. Llegamos a vivir juntos, hablabas bajito, oías música bajita, te gustaba cerrar las cortinas y permanecer en la penumbra, mi mamá decía que estabas creando, yo te miraba bien y me preguntaba cómo podías crear sin moverte, lo supe cuando ella me leyó tu cuento “La pérdida de un amigo” .Ese cuento en la voz de mi madre, me emocionó mucho y empecé a quererte, a confiar en ti, tú siempre confiaste en mí. Recuerdo cuando escogiste un dibujo mío (un papalote entre la luna y las estrellas) para ilustrar tu cuento “En lo alto de un hilo” que salió publicado en El Caimán Barbudo. Empezaste a prestarme libros que eran parte de tu tesoro: Julio Verne, Emilio Salgari, Shaquespeare, William Saroyan; quizás no eran lecturas para una niña de 8 años pero no veo por qué. Íbamos al teatro, eras el Director del Teatro Musical de La Habana, viéndote aprendí a dirigir, nunca gritaste, ni dijiste malas palabras, explicabas, ponías improvisaciones, respetabas. Me pediste un día que hiciera el retrato de Joaquín Lorenzo Luaces y lo pusiste en la cartelera del teatro, tenía 13 años. Entonces el país se volvió loco y empezaron a perseguir a los homosexuales, algunos eran tus amigos y los defendiste aunque te perjudicara, por eso de ser honesto, de no renegar de tus amistades te pusieron en una lista negra, no te publicaron un libro en diez años, pero no claudicaste. Tomabas té, eras flemático, gentil; a tu carro se le caían las puertas y la máquina de escribir estaba destartalada. Un día vino un señor de Estados Unidos, vino a verme por encargo de mi papá, que se había ido de Cuba cuando yo tenía 6 años. El hombre mirando el deterioro que había en la casa, dijo: No sé cómo pueden vivir así. Te miré sentado en el sofá deshilachado, sonreíste y con suavidad contestaste -Así somos muy felices. El señor se fue disgustado, y fui conciente por primera vez que éramos felices. Hoy, Humberto, quisiera compartir contigo esos recuerdos pero no sé si pueda con esas toxinas que dicen te nublan el cerebro. Quisiera decirte que en gran parte soy obra tuya pero eso ya lo sabes. Pienso que lo que importa es estar aquí a tu lado aunque ahora no me reconozcas, no creo que esto sea una despedida, seguiste viendo a tu padre después de muerto y aunque yo no tenga esa facultad para ver espíritus, voy a sentirte muy cerca de mí, como siempre.

Marta Díaz Farré (Rirri)

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